La mediatización de la pena de muerte, un acontecimiento discursivo contemporáneo

Notas

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Por Joel Sidler*
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Desde el año 2009 y hasta nuestros días se registra un acontecimiento discursivo muy singular. Ciertas figuras del espectáculo argentino se alzaron contra la “inseguridad” y la violencia mediante el reclamo por “leyes más fuertes” e incluso por la pena capital para aquellas personas que cometan un asesinato.

El origen del acontecimiento queda circunscripto a las alocuciones de la famosa estrella de televisión Susana Giménez, realizadas tras conocer la noticia del asesinato de su amigo y colaborador Gustavo Lanzavecchia ocurrida el 27 de febrero de 2009. La conductora, movida por la angustia del momento, declaró frente a los medios: “El que mata tiene que morir.” Las palabras de Susana marcaron el inicio del debate sobre la pena capital en nuestro país, instalando el tema en los principales medios de comunicación. En los días posteriores se amplió la participación de celebridades y público en general que apoyaron o se opusieron a la postura adoptada por la celebridad televisiva.

De la misma manera, a mediados de 2014, el actor Ivo Cutzarida reavivó la discusión al referirse al tema de la “inseguridad” y sostener que aquellos que matan gente inocente tienen que terminar presos o muertos. Además, según la opinión del actor, quienes salen a robar armados están predispuestos a matar, y sería por esto que, a quienes lo hacen, hay que matarlos. El tenor de estas declaraciones no pasó desapercibido y fueron varios los programas y shows televisivos que recopilaron sus dichos, interpelaron al actor y le realizaron entrevistas.

Como se observa, el requerimiento por la implementación de la pena capital como un “castigo justo” es claro en los ejemplos precedentes. En el presente artículo no nos proponemos realizar un juicio de valor acerca de esta práctica, y tampoco sobre los agentes que, con sus alocuciones, instalaron el tema en los medios de comunicación. Por el contrario, el objetivo de estas páginas es tratar de desentrañar lo que se ha denominado como el acontecimiento del retorno del comentario sobre la pena de muerte, es decir, la reaparición en este siglo XXI del tratamiento discursivo de una práctica que, según Michel Foucault, había desaparecido ya formal o materialmente de los códigos penales occidentales a principios del siglo XX.

Por lo tanto, que el acontecimiento del retorno del comentario sobre la pena de muerte se vuelva a discutir en nuestro país no es un hecho secundario, por el contrario, atañe a las bases sobre la que se construye la sociedad argentina. El análisis de la forma que adoptó, y el contenido del debate es lo que atañe a este artículo. No se parte de una simple impugnación de los dichos de Susana Giménez o Ivo Cutzarida, sino que es propuesta una tarea de posicionamiento del debate mismo como objeto de análisis.

Resulta evidente que lo nuevo no es el tema en discusión en sí mismo, ya que para identificarlo uno podría remontarse hasta la Ley del Talión, al Código de Hammurabi o incluso al Antiguo Testamento, en cambio, lo nuevo es el acontecimiento del retorno del comentario sobre este tema por parte de las celebridades. El acontecimiento no es para Foucault un elemento metafísico o teleológico, sino que tiene efectos y produce materialidad con sus efectos, es lo inmaterial devenido material. Por lo tanto, la polémica sobre el derecho a matar a alguien como consecuencia de cometer un crimen ha generado determinados efectos, la pregunta es ¿cuáles son?

Para empezar, en este trabajo intentaremos responder a este interrogante al focalizar la investigación sobre los actores intervinientes –y no intervinientes-, las características del debate y los discursos que habilita o permite la mediatización de la pena de muerte.

En primer lugar, la enunciación de posturas tuvo como escenario principal los medios de comunicación. De forma fiel a la lógica de los mismos la mediatización del tema de la pena de muerte se instaló gracias a la participación de figuras del espectáculo, que pronto llamaron la atención del público por su amplio reconocimiento, y también gracias a las resonantes palabras utilizadas para transmitir el “cansancio y la irritación” de la sociedad, a la cual los participantes del debate señalaban como origen de su legitimidad, ya que, como sostuvo Cutzarida, el sólo dijo en los medios lo que la sociedad dice en la calle. Al utilizar a la “sociedad” como garante, su discurso obtiene un grado de universalidad, y se presenta como imposible, o poco factible de ser refutado.

En otras palabras, el comentario -es decir, enunciar por primera vez lo que ya fue dicho- sobre la “necesidad” de la pena de muerte tuvo como protagonistas a personalidades públicas, no ligadas a los debates penales actuales, ni siquiera a la política, y como escenario de enunciación a los medios masivos de comunicación, y su imperante lógica de mercado. En contraposición, la clase política permaneció, en su amplia mayoría, ausente en esta discordancia entre las posturas a favor y en contra de la pena de muerte.

En segundo lugar, se desea señalar que el debate pareciera regirse por una dualidad de crimen/castigo, e instaura en estos términos la totalidad de las tomas de posición con respecto al tema. De esta forma, los protagonistas debaten sobre si a una persona que comete un asesinato le corresponde morir o no, este es el punto central de las discrepancias. Como consecuencia de la dualidad que sigue el debate son pasadas por alto instituciones como el juicio justo, o el Código Penal vigente en nuestro país, para saltar de forma directa hacia el señalamiento del “ladrón armado” como el origen de la “inseguridad” por un lado, y a la pena de muerte, sumado a “leyes más fuertes” como la solución al problema.

La dualidad crimen/castigo habilitó discursos en contra de los Derechos Humanos por parte de Susana Giménez, ya que sostuvo que estos existen sólo para los criminales y no para las víctimas, o como Cutzarida, que señaló que lo que está pidiendo la sociedad es poder defenderse de los “tipos que salen armados”. Es claro que en ambos discursos la operación realizada se circunscribe a separar, por un lado los criminales, culpables de los flagelos que sufre, por el otro lado, el “resto de la sociedad”.

Estos discursos forman parte de un reclamo, se podría decir, sectorial e ideológico. Existe un sector de la sociedad, auspiciado por el accionar de los medios de comunicación, que reclama “seguridad”, que ruega porque “no los maten más”, y que señala a los criminales como el origen de todos los males. Se deja entrever, mediante los discursos y el reclamo antes señalado, una teoría de “los buenos y los malos”.
El acontecimiento discursivo sobre el retorno del comentario que debate sobre la pena de muerte, o el surgimiento de un apoyo hacia las alocuciones del actor o la diva televisiva, da cuenta de la discontinuidad de los procesos históricos que señala Foucault. Un país en donde la última ejecución legal fue realizada en 1931 es ahora observador de un fenómeno que ocupó gran cantidad de las pantallas de nuestro país.

En tercer lugar, en cuanto a los efectos del acontecimiento nos encontramos con la inacción de un Estado que no se esfuerza en cambiar los términos de la discusión, ni en participar activamente en los debates para dejar en claro el retroceso histórico que significa hablar de pena de muerte. A fin de cuentas, un Estado que cumple un rol de espectador frente a la ausencia de reclamos profundos, que no propone una mirada global sobre el problema de la violencia.

Ha sido demostrado que la pena de muerte nunca redujo el crimen en los lugares en que se ha mantenido, sin embargo, para un sector amplio de la sociedad argentina es la única opción a discutir.

El retorno sobre este tema da cuenta de varios elementos que deberían ser tenidos en cuenta -para un posterior análisis- y que atañen a la vida política y social de un país, por ejemplo, por un lado se hace presente la ausencia de un debate que abarque a fondo al problema de la violencia, en segundo lugar, la identificación del tema con la palabra “inseguridad” ya coloca como inamovibles los términos de discusión, es decir, se establece como fijo que hay una parte de la sociedad que se siente “insegura” frente al accionar de una supuesta “otra parte” de la sociedad que comete los crímenes. Por lo tanto, siguiendo esta lógica, el reclamo apunta a un mayor control de la “parte criminal”, y no hacia las bases y las causas de la violencia.

En síntesis, las características del debate, los discursos que se habilitaron, los protagonistas y los ausentes son, en conjunto, la cristalización de una manera superficial de abarcar los problemas en nuestro país. En este trabajo no se plantea la necesidad de profundizar el debate sobre la pena de muerte, pero si se plantea la necesidad de abarcar integralmente los problemas estructurales de la pobreza, el empleo y la educación.
El acontecimiento del retorno del comentario sobre la pena de muerte es, sin lugar a dudas, una muestra fehaciente de las falencias que perduran –y se agravan- en nuestro país.

Referencias Bibliográficas
• Declaraciones de Ivo Cutzarida: http://www.infobae.com/2014/09/09/1593602-antes-que-mi-hijo-mate-alguien-prefiero-que-lo-maten-el
• Declaraciones de Susana Giménez:
http://www.perfil.com/espectaculos/Para-Susana-Gimenez-el-que-mata-tiene-que-morir-20090227-0040.html
• Foucault, M (1966) Las palabras y las cosas. Buenos Aires. Siglo Veintiuno.
• ————- (1970) El orden del discurso. Buenos Aires: Tusquets.
• Zizek, S. (1989) El sublime objeto de la ideología.

*Joel Sidler es Estudiante de Ciencia Política en la Universidad Nacional del Litoral.

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