Cuánto influye la policía en la inseguridad

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Sobre la policía pesa la sospecha de ser el estricto regulador del mercado ilegal del juego, drogas y prostitución. Pero la historia ha mostrado un importante nexo entre redes criminales y poderes políticos de turno.

Por Rogelio Mariano Rodrigo* 

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La inseguridad tiene solución, aunque hay que reconocer que el delito es propio de las grandes urbes. Lo cierto es que actualmente la Argentina está conviviendo con el fenómeno del narcotráfico, del que los especialistas afirman una “etapa parasitaria” en el país e incluso se habla de la presencia del cartel de Sinaloa en Argentina (Wikileaks, 2008), o del colombiano la “Oficina de Envigado”.

Muchos periodistas y académicos se centran en entender al actor policial como el estricto regulador del mercado ilegal, compuesto por juego, drogas y prostitución. La historia ha mostrado un importante nexo entre redes criminales y poderes políticos de turno, como fue el caso de La Zwi Migdal o la Aduana Paralela en los años 90.
Por lo tanto, la hipótesis del control/regulación del mercado ilegal por parte de la Policía debe ser tematizado y analizado, ya que por más que el Área Metropolitana sólo contenga el 32% de la población total, en ella intervienen las policías Federal, de Buenos Aires y Metropolitana.

Se podría decir que la policía puede, por ejemplo, organizar bandas de secuestro o de menores que delinquen, pero es difícil afirmar que por sí misma, es decir sin apoyo judicial y político, es capaz de regular el mercado de estupefacientes. A modo de ejemplo: no resulta creíble que los narcotraficantes de Nordelta arreglaran sus negocios con cada comisaría, debido a que la producción (países andinos), traslado (varias provincias argentinas), procesamiento y posterior exportación (el principal mercado es el europeo), no puede ser boicoteada/regulada por ninguna comisaría del conurbano.

El contexto actual de criminalidad implica nuevos desafíos para la dirigencia política. Las purgas kilométricas o la preocupación por las coimas viales no parecen solucionar en nada la situación criminal. Las soluciones parecen apuntar a situaciones más micro y distantes de las altisonantes reformas refundadoras de la doctrina cultural-policial. Muchas ideas nuevas y otras tantas recicladas enfocan este problema. Hay académicos que proponen reclutar policías con mayor inteligencia emocional, porque hay una correlación con la predisposición a la corrupción (Aremu, Pakes, and Johnston 2011). Otros que proponen sindicalizar a la fuerza, porque los sindicatos velan por mejores condiciones laborales y son una fuerte contra-fuerza para lograr la profesionalización (Marks 2007). Algunos que entienden que la solución pasa por el aumento de la participación ciudadana, generando mayores niveles de accountability (Dammert 2004).

En conclusión, buscar en la Policía la fuente de todos los males es un error, pero resulta más redituable electoralmente hablar de purgas que publicar estadísticas criminales. Los encargados del cambio deben entender que la demonización policial es un recurso a corto plazo. No es menester de este artículo negar la corrupción policial, pero sí echar luz sobre la idea de que la “familia policial” es un argumento que debe tematizarse. Desde 2001 a la fecha todos los jefes de policía bonaerenses dejaron el cargo por escándalos o renuncia voluntaria (asociada a cambio de gestiones); el único jefe acusado de corrupción fue Alberto Sobrado, que fue absuelto en 2013. Por lo tanto si hablamos de la gran red criminal sólo hay dos posibilidades: no existe o no incluye solamente a policías.

 

*El autor es Licenciado en Ciencia Política (Universidad de San Andrés).

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